An alive man walking

¿Te gustaría ver una peli indie serializada? Una película de esas en las que todo pasa muy lentamente, pero que te atrapa en su atmósfera, te contagia de su humor, te hace cómplice de sus argumentos. Eso, pero en lugar de durar unas dos horas, pues se alarga unas cinco horas. Pues ya lo tienes. Rectify es tu serie. Sundance Channel está que se sale. Primero fue el experimento de Jane Campion, Top of the Lake, y ahora esta serie de seis capítulos (renovada para diez más en su segunda temporada) que sigue la vida de Daniel Holden, recién salido del corredor de la muerte tras diecinueve años.

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Daniel sale porque finalmente no hay pruebas concluyentes que lo incriminen por el asesinato por el que le condenaron, así que lo sueltan tras pasar casi veinte años alienado del mundo exterior. Ha estado encerrado en una celda blanca brillante, sin ventanas. Y eso significa todo lo que cualquiera puede imaginar. No contacto físico, sólo maltrato. No experiencias vitales, más allá de las que aprende en libros y las relaciones con carceleros o compañeros de módulo. Así que entra un chico de 18 años y sale un hombre de 37, cultivado y citando a Santo Tomás de Aquino pero naíf en todo lo relativo a la vida. Y la cosa va de eso. Del extrañamiento. Y eso, como buena película indie, está muy bien conseguido a través de una atmósfera cargada de imagineria sensorial. Y es lo que hay. Como bien dicen en la revista Vulture: “Rectify is about what it seems to be about, an approach so old-school that it almost feels new-school”.

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Tiene un añadido Rectify y es que es una de esas pelis de volver a casa. De regresar al hometown. Aunque, como explica uno de los personajes, no es como si Daniel volviera a casa desde la universidad. Vuelve a la casa de su madre, en un pueblo de Georgia, donde todavía se llevan las botas vaqueras. Un lugar rodeado de naturaleza y donde los lugareños se dividen entre la curiosidad exacerbada o el rechazo. Daniel o sus familiares no pueden evitar encontrarse con la madre o el hermano de la víctima o caer en manos de las peticiones más excéntricas de aquellos que creen en la reinserción. Es una de esas historias donde los personajes hacen cosas que no parecen muy probables así de entrada, como pensar que Daniel necesita un polvo y ofrecer su cuerpo para que experimente placer. Sólo como buena obra. No parece probable, pero sí exuda realidad, autenticidad.

Y luego están los diálogos, pensados, trabados, con sus pausas, con mucha reflexión. A los que viene muy bien que el ex presidario haya estado a la sombra leyendo la mayor parte de su vida.  De hecho, Holden tiene un discurso esclarecedor en la conferencia de prensa que su abogado y la familia ofrecen cuando éste pisa la calle tras ser liberado. Un speech muy pensado que destila ser uno de los pilares en los que se sustenta el argumento de la serie. Daniel habla de cómo ha podido sobrevivir tanto tiempo en la cárcel, renunciando a las ideas externas, renunciando a la esperanza, a la anticipación, contando el tiempo que pasa entre los segundos, haciéndose a la idea de la muerte como acto en sí mismo. Y esas cosas que ha aprendido, tan valiosas, no serán de mucha utilidad en el mundo que le espera. Por eso, y porque parece que este personaje siempre ha sido un tipo raro, la atmósfera todavía es más potente. Sólo hay que ver la primera cena que tiene en familia. Cuando repite una frase amable, cotidiana, de esas que se dicen sin pensar, y que para él significa el mundo entero.

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Y, claro, luego está la incertidumbre  de la historia en sí misma. ¿Es Daniel culpable o inocente? En los cuatro episodios que se han podido ver hasta ahora, no nos han llevado por esos caminos de reflexión. ¿Es un violador y un asesino? ¿Podría volver a hacerlo? La verdad es que la tensión argumental no nos conduce a eso. Sólo las pequeñas pinceladas externas al personaje principal: el senador, el sheriff, los testigos que le incriminaron o la familia de la víctima nos recuerdan que eso sigue ahí, en el aire.

Todavía quedan dos episodios, veremos cómo avanza y por donde nos lleva Ray McKinnon, que aquí es el showrunner, pero que hemos visto antes como actor en Deadwood. De momento, quedémonos con esta serie como una película indie más larga, con una gran banda sonora, donde suena desde Bon Iver hasta Sharon Van Etten.

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Perturbadora y conocida. ¿La amamos?

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A estas alturas, después de haber visto seis episodios de Hannibal, no sé qué pensar. Y claro, va a haber spoilers a partir de aquí. Inevitable. Y no sé qué pensar porque soy fan de este doctor perturbado desde que Jonathan Demme me dejó con la boca abierta. Así que creo que la serie de Bryan Fuller para la NBC está dirigida a mí o seguidores de la saga como yo. Pero ahí está el equívoco o mi vacilación. Sé cosas de Lecter que todavía no me han contado, por lo que las pequeñas perlas del personaje (interpretado por el danés Mads Mikkelsen) acrecientan su figura en mi cabeza. Ya me ha quedado claro que la serie no va sobre este célebre psiquiatra creado por Thomas Harris, al menos no exclusivamente. Va sobre el universo en el que habita y se centra más en la figura de Will Graham, como ocurría en Red Dragon con Edward Norton. De hecho, es más que evidente que esta película de 2002 es la base sobre la que se mueve esta serie. Bueno, más bien sería una mezcla entre los devaneos mentales de Graham y el sadismo que imperaba en el film de Ridley Scott (Hannibal, 2001).

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Hannibal está planteada como una serie de casos con cierta parte de la trama serializada. En cada capítulo hay un psicópata y el FBI necesita de Graham, que es un experto en mentes criminales, para cazarlos. Así que se plantea un caso y Graham se mete literalmente en la mente del asesino. Y ahí está la diferencia de esta serie con el resto de su especie. No nos cuentan el desarrollo de la investigación, sino sus consecuencias, cómo afecta esto a aquellos que trabajan para tratar de resolverlo. Y en medio de los desquiciados sueños y las paranoias alucinatorias de Will (el más perjudicado), está Hannibal. Un Lecter que casi no se mueve de espacios interiores y al que el actor danés ha querido interpretar como si fuera el mismo Lucifer (dicho por él mismo). Con su traje de chaqueta impoluto. Con su pelo perfecto. Con sus maneras refinadas. En su consulta con todos sus libros y cachivaches (dibujos y esas cosas). En su casa con su cocina donde puede desarrollar los platos más exquisitos. Y la siempre presente música clásica. Es como si la jaula que le permiten tener en El silencio de los corderos fuera una continuación de lo que tenía en vida. Y lo bizarro e interesante del tema es que Lecter cocina hígados, lenguas y otras vísceras y se las sirve a sus invitados con la mejor de las presentaciones. Alimenta a la gente con otra gente. Eso se intuye. Hannibal es un psicópata caníbal. Se esboza someramente esta parte de su personalidad y se induce al espectador avezado a aportar sus propios conocimientos adquiridos hace ya más de una década.

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Pero todo ello está, además, muy bien adornado. Una atmósfera perturbadora e interpretaciones contenidas es lo que le da el tono que tiene. Un toque preciosista y cuidado. Eso lo tiene. Lo que pasa es que se nota el homenaje en cada paso que da. Sin ir más lejos, en el episodio 6 Lecter deleita a sus fans con dos frases míticas de Silence of the Lambs: “El mundo es un lugar mejor contigo en él” (aquí no dirigida a Clarice, claro) o “Nada mejor que cenar con un viejo amigo” (dirigida también al Dr. Chilton como en el original). Y ahí no acaba el homenaje. Si en los anteriores episodios la acción iba más por el sadismo de los crímenes: mujeres empaladas por cuernos de ciervos, personas semivivas que sirven de abono para que crezcan los hongos o seres malvados redimidos en ángeles mientras agonizan, en el último episodio que hemos podido ver se centra la atención en un doctor psicópata que está metido en una jaula de cristal en un centro psiquiátrico de alta seguridad dirigido por el doctor Chilton. No sólo eso, Crawford tiene flashbacks de una antigua alumna del FBI, aventajada claro, a la que sacó de la academia para que le ayudara en la investigación. ¿Suena familiar? La sombra de Silence of the Lambs es alargada. Por eso no sé si me gusta por sí misma o porque me habla de cosas que ya me gustaban.

Comediantes en apuros

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Leí un artículo en The Guardian donde explicaban las razones por las que los ingleses no eran muy buenos en las stand-up sitcoms. Con permiso de Ricky Gervais y Miranda Hart. Claro que los americanos, puestos a comparar, lo bordan. Y, desde Seinfeld, no han hecho más que sacar ventaja de su éxito para hacer que todo gire en torno a ellos. Cómico de éxito, saca serie y la peta. Seinfeld, a las órdenes de Larry David, lo hizo. Ellen Degeneres lo utilizó para salir del armario delante de todo aquél que siguiera su serie y también delante de los que no, porque el revuelo fue grande. ¿Quién no recuerda el mítico episodio del perrito con Laura Dern? Y así otros muchos. Amy Poehler y Tina Fey han tenido su dosis también. Por favor, no dejéis de ver Parks and Recreation que acaba esta temporada y es la serie más tierna y ácida que se ha hecho jamás. Superada la primera temporada, todo es maravilloso. Ah, y Louie. Yo la acabo de descubrir y me ha cautivado la manera de ver las cosas de este cómico neoyorquino, quemado y de vuelta de todo. Muy refrescante, aunque no lo parezca. La última temporada, con Gervais y David Lynch ha sido delirante.

¿Qué pasa con los ingleses? Yo estaba decidida a que me gustara Heading Out. Digamos que siento debilidad por las series con lesbianas. Hay una y yo la veo. Aunque la mayoría son decepcionantes. Los ingleses han hecho algunas recientemente. Lip Service seguía la vida, durante dos temporadas que se han extinguido por sí mismas, de un grupo de jovenzuelas en Glasglow. Pero el tema no dejaba de ser una mala copia de The L Word. Pero del peor The L Word, no el de las primeras temporadas, sino el del final que murió sin gracia.  Pero me voy del tema. Porque Lip Service no es una comedia. Heading Out, sí. Una sitcom de veinte minutos cada episodio, que es su primera temporada ha tenido seis capítulos. Una veterinaria lesbiana y un desastre en todos los aspectos de la vida. Pero ha resultado un coñazo. Sus desventuras desesperan más que hacen gracia. Es un caos de persona, pero no resulta muy entrañable. Es una de esas series que saca de quicio. Los secundarios están sobreactuados y dan ganas de estrangularlos para que callen para siempre. Las situaciones son forzadas y embarazosas. No funciona. ¿Quién quiere ver las dificultades de una lesbiana de 40 años para decirles a sus padres que es gay? Es de risa, que no gracioso. Old fashion total. Aunque salga Shelley Conn [que estaba genial en Mistresses, donde se enrollaba con Anna Torv, la Olivia de Fringe]. Eso sí que vale la pena ser tenido en cuenta. También protagonizó esa miniserie entre el thriller y el miedo que fue Marchlands. Una niña desaparece en un lago. ¿Se inspiraría Jane Campion en esa serie para su Top of the Lake? Sin la parte paranormal. Todo es posible.

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Y volviendo a Miranda. Sólo he visto 3 episodios de la primera temporada, pero es para tenerla en cuenta. Miranda es graciosa, saca partido de su físico para hacer comedia y además, resulta efectiva. Es desmesurada, tal y como lo es su talla. Es grande y hace chistes grandilocuentes, como su propia risa. Pero te ríes con ella. Funciona. Lo siento por Sue Perkins, pero su cara de besugo fuera del agua es lo único que se queda en la memoria del espectador. Miranda tiene su aquél y por eso ya se ha emitido la tercera temporada. Pero sí, estoy de acuerdo con The Guardian, los británico destacan en muchas cosas, pero no en las sitcoms de 20 minutos. Mejor que se dediquen a sus Black Mirror, Downton Abbey y similares. Ahí sí que me tienen ganada.

Miserias zombis

The-Walking-Dead-Season-3

En épocas de crisis, nos gusta ver catástrofes que no son las nuestras. Se pone de moda vernos reflejados en situaciones de estrés, apocalípticas, al límite. Sentimos especial predilección por reflexionar cómo actuaríamos ante situaciones difíciles. El primer pensamiento es, al menos para mí, que yo sería una de las primeras en caer. No sobreviviría. Es imposible hacerlo. Casi mejor rendirse desde el principio. Pero supongo que el instinto de supervivencia lo tengo por ahí escondido. Saldría, asumo. Y en esas, hemos tenido esta temporada, doble ración de crudezas zombis.

La última temporada de The Walking Dead ha sido lo opuesto a la anterior. Ritmo, emoción y giros sustanciales en el argumento. Evolución de los personajes (de algunos, al menos. Carol es un caso perdido).Imagen Glenn Mazzara es nuestro Dios ahora (aunque abandona el barco). Gracias a él la cosa ha avanzado antes de que cayéramos en el tedio definitivo. Los personajes salen de la granja, algunos caen por el camino, otros se separan, aparecen varios hilos argumentales en paralelo y Rick deja de ser el santo del grupo. Eso está bien. Es mejor verlo con todas las debilidades del mundo. Lo hace menos odioso, aunque yo sigo teniéndole manía. Mucho más entretenido que tenga esa cara de alucinado a que se empeñe constantemente en arreglarle la vida a todo el mundo. El capítulo del teléfono es magistral. Me recordó ligeramente a Lost. En medio de la nada, rodeados por walkers hambrientos, y refugiados en un cárcel que sirve de fortaleza, suena el teléfono. Suena el teléfono y Rick lo coge. Lo coge para hablar con los muertos. ¿Con quién si no? Ya no existe esa cosa de los teléfonos. Pero habla con una dimensión más allá de la suya. Alucinación, claro. Pero también un paso más allá del pragmatismo del discurso del/a cómic/serie. Y luego está Michone y su katana. El gobernador y sus piraduras en un pueblo que parece idílico. Mucho que explorar en esta nueva entrega. Veremos la cuarta, que –de momento- promete con el nuevo showrunner (Scott M. Gimble), guionista de episodios tan interesantes de la tercera temporada como Clear.

Pero The Walking Dead hace eso. Recorre la vida de los personajes que están obligados a vivir en ese nuevo medio. El del apocalipsis zombi. Sale el líder que se tiene dentro, el ser sumiso o el cabrón dictatorial que ha perdido la cabeza y que la gente respeta por comodidad o por miedo. De todos esos tipos también tenemos en otra serie nueva sobre zombis. In the Flesh, una británica (la han emitido en BBC Three) que parte de una premisa ligeramente más original desde la concepción más clásica. Y se toma la libertad de implantar una metáfora desde el apocalipsis hasta lo que somos como seres humanos. No como en The Walking Dead, donde las traslaciones son más concretas. El ser humano contra sí mismo. En la inglesa, se plantea un mundo donde ya se ha producido el Amanecer. Los zombis literalmente se levantan de la tumba y asustan a sus congéneres, familiares y amigos. Eso ya ha pasado cuando se inicia esta miniserie de tres capítulos. Lo que se plantea a continuación es que se ha descubierto una cura y los undead pueden incorporarse a la sociedad. Sólo les hace falta un poco de maquillaje, lentillas y unas dosis de antirrábido al día y todo vuelve a la normalidad. Si finges, puedes vivir entre nosotros.

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Es In the Flesh una buena muestra de cómo sería realmente la situación. Las familias angustiadas acogen en su seno a los familiares perdidos, aprovechando la segunda oportunidad que les da la situación. Aquí te puedes haber suicidado, haber muerto por una explosión en Afganistán o no haber superado la leucemia, que podrás disfrutar de tu nueva vida para siempre. Sin envejecer. Sin morir. Me suena un poco a chollo a mí. Claro que todo eso está salpicado con la realidad. Pues las personas que han quedado, siguen tal cual, con sus prejuicios. Así que si eres un zombi rehabilitado, mejor que no se note. Es como ser gay, pero sin hacer gala de ello, por si a alguien le molesta. Pues eso. Muy bien traída esta historia. No diría que es un complemento a la americana, porque no tienen nada que ver (ni en concepción, ni en ritmo ni en intenciones), pero como han coincido en el tiempo se pueden tener ambas en cuenta. Con sus fallos y aciertos. Un gran momento para los zombis.

Desequilibrio y principios

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Amy Jellicoe ya no seguirá entre nosotros. HBO decidió hace un par de semanas (a pesar de los esfuerzos de ciertos críticos por ensalzar sus virtudes) que no iba a renovar esa serie que es una marcianada, que bordea el ridículo, pero que no acaba de caer en él y que deja poso a pesar de todo. Nos quedamos con dieciocho capítulos escasos, repartidos en dos temporadas. Y es una pena. A mí me gustaba Enlightened y las locuras de Laura Dern. Me gustaba su tempo, sus reflexiones (aunque naifs) y sus personajes. Me caía bien incluso esa persona imposible (y que sí, pone de los nervios) que no teme hacer el ridículo y siempre está al límite de sus posibilidades. Porque Enlightened era eso. Era una serie que quería hablar de la podredumbre y no sentía vergüenza al hacerlo de una manera básica. Amy es una mujer que encuentra la paz interior (el inner self) en un retiro espiritual después de haber atravesado un break down chungo. Y es que es muy de vergüenza ajena ver a una tía con el rímel corrido y gritando por el edificio por donde trabaja. Humillándose porque su jefe, a quien se tiraba, le ha traicionado. Venga, Amy… Eso es de manual! Pero no importa, porque le puede pasar a cualquiera.

Superada esa escena, la primera del piloto, empieza la serie de verdad. Amy encuentra su fuerza interior en Hawaii y se decide a hundir a la compañía para la que trabaja. Abajo el capitalismo que destruye a los seres humanos. Amy Jellicoe es consciente (tal y como le dice a su madre al final de la segunda temporada) que ella sólo es una pequeña pieza del rompecabezas, que no tiene mucha importancia, que hay un bien mayor al que debe servir. Todo ello aderezado con voz en off de sus pensamientos y planos cenitales de la ciudad mientras duerme o de los edificios donde la gente trabaja. Esa misma gente que se deja manipular por un sistema corrupto. Enlightened tiene su grandeza justo ahí, donde reside su fragilidad. En su planteamiento pueril, encabezado por una mujer que cree que ella sola puede cambiar el mundo, que no siente pudor alguno ante su comportamiento enajenado y no se da cuenta de nada de lo que le pasa alrededor. Es una ególatra de buen corazón. Una persona con esperanza infinita y que cree en sus posibilidades. Realmente envidiable.

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Más allá de Laura Dern y sus desquiciadas reflexiones hay un elenco de secundarios que le dan a la serie la fuerza justa, el equilibrio. [De hecho, algunos capítulos están dedicados a éstos y son lo mejor de la serie.] Empezando por su madre, a quien interpreta la madre de Dern en la vida real. Una señora que no entiende a su hija y que sería el polo opuesto de ella. También siente animadversión hacia el mundo que la rodea, pero prefiere aislarse y no salirse de su casita donde nadie la molesta. Luego están Luke Wilson, que encarna al exmarido de Jellicoe, un exatleta profesional que ha caído en el alcohol y las drogas. Otro ser desencantado de la vida. Y, por último, Tyler (el mismo Mike White, creador de la serie), un albino asustado de vivir. Una persona frágil que se siente invisible, pero que es la pieza clave para que Amy triunfe frente a la gran corporación.

Enlightened era una propuesta interesante. Un discurso sobre el punto en el que nos encontramos ahora. Personas atrapadas por sus trabajos. Grandes corporaciones con impunidad para todo. Pero no es una serie oscura, sino que cree en sí misma. Y enseña que hay gente que sí que está dispuesta a marcar la diferencia, por muy imposible que parezca.  Pues sí, una pena perderla de vista.